Facultad de Educación y Humanidades de Ceuta

Natalia Cárdenas (Praga - República Checa)

ERASMUS EN PRAGA

Supongo que todo el mundo se va de Erasmus con las mismas ilusiones y los mismos miedos. ¿Cómo será vivir tan lejos de casa? ¿Qué tipo de gente conoceré? ¿Seré capaz de comunicarme en otro idioma? ¿Sobreviviré?

Recuerdo el primer día en Praga. Hacía frío y sólo eran mediados de septiembre. Empezaba a echar de menos el sur. Llegué a mi residencia, un edificio algo viejo y descuidado situado en Praga seis. Cinco plantas de largos pasillos, cocinas y aseos compartidos y algo reducidas las habitaciones dobles. No era precisamente un lujo de sitio pero si muy barato y además lleno de estudiantes de intercambio.

 El recepcionista, un hombre mayor, fue el primer ciudadano checo que conocí y, la verdad, resultó ser de todo menos agradable. Por suerte, no todo el mundo se mostraba tan poco gentil con el resto de los residentes. Eso sí, los checos, como descubrí a lo largo de mi estancia, no es que sean de las nacionalidades más agradables. Recuerdo que mis compañeros y yo bromeábamos sobre cuanto parecía costarles sonreír y la facilidad que tenía, en cambio, para beber litros y litros de cerveza.

Y es que Praga, y República Checa en general, otra cosa no pero cerveza y goulash tienen para aburrir. Su gastronomía no es muy extensa pero es imposible resistirse al dulce trdelnik o al grasiento queso frito.

De la ciudad hay mucho que decir pero queda muy bien resumido al asegurar que es una de las ciudades más hermosas del mundo, si no la que más. Pequeña y acogedora no deja de ser tremendamente sorprendente con todas las construcciones y monumentos maravillosos que alberga y que van más allá de su famoso reloj astronómico o del siempre abarrotado puente de Carlos. Además, tiene una vida increíble. Hay mucho movimiento de cultura juvenil, cantidad de festivales de música cuando empieza el buen tiempo y un montón de cosas que hacer durante todo el año.

Su localización, en el centro de Europa, te permite desplazarte por prácticamente todo el continente por preciosa bastante asequibles. Alemania, Polonia, Hungría, Austria, Italia, incluso algunos más lejanos como Croacia, parecen estar a un billete de autobús.

El frio era lo peor, sobretodo en febrero, pero cuando empiezan a subir las temperaturas la ciudad se convierte en algo más mágico aún. Es imposible pasar un día quieto, aunque a veces se hace necesario. Siempre hay algún evento, algún viaje, algún concierto y, sobretodo, muchas fiestas. Praga tiene una variedad impresionante de locales y tipos de fiesta. Desde las fiestas latinas con música como la que ponen en España hasta cualquier tipo de electrónica, rock, reagge, electroswing,…

Pero claro, el Erasmus está para aprender, ¿no? Pues la verdad es que resulta increíble todo lo que llega a aportarte. Creo que es inevitable madurar un poco tras estos meses en el extranjero. En mi caso, en las clases de magisterio, más allá de los conocimientos teóricos, era capaz de comparar ambos sistemas de educación. Observar las carencias y puntos fuertes de ambos y del trato de profesores, alumnos, las rutinas que tienen, los materiales que usan y como los usan… Te enseña a usar la visión crítica para, además, tratar de mejorar lo que ya conoces.

 Por supuesto, no todo está en las clases. La gente que conoces es lo que más llega a cambiarte. Salir de tu círculo habitual no solo te hace más tolerante y abierto sino que es una forma de conocer historias increíbles y personales de gente que vive en la otra punta del planeta. Empatizas con realidades que hasta ese momento te eran ajenas y tu mirada sobre el mundo se transforma inevitablemente.

En definitiva, que mi Erasmus en Praga fue una experiencia maravillosa que no cambiaría por nada y que repetiría sin dudarlo.

Natalia Cárdenas  Villalobos 

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